Cuando a Garci hay que llamarlo ‘Excelencia’

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Hoy, 2 lunas de Mayo, lluvias y nubosidad variable. La Real Casa de Correos y la Medalla de Oro de la Comunidad a José Luis Garci. Nada hay más cinematográfico que la lluvia, tan Nueva York y tan Gijón. La lluvia da un brillo especial a Madrid, que puede ser, aunque hoy sea mayo por la mañana y no la noche de Brooklyn y un púgil irishes volviendo, sonado, de ganarse la vida con los puños. O un volver a empezar en la playa de San Lorenzo, o esa Transición que contó no con maniqueísmos, sino con detalles, diálogos y miradas, que es como se cuenta la Historia.

En la Comunidad de Madrid, el dan el Garci, esto es, que el renacentista al que mejor le queda una quoita americana del cine español es reconocido, al fin, por su Región natal.

Garci, entre plurales actividades, sabe admitir que esta decoración, a estas alturas, le llega con un contenido distinto a “un chaval de 40”. Acaso, porque, como confiesa a éste su periódico, “si no eres un idiota sabes que esa medalla pertenece a mucha gente”. Esa “gente” que le ha ayudado. Llega Garci incluso a ser rotundo en la gratitud, que se ve que es cortesía del cineasta como la claridad lo es del filósofo: “sé que no es para mí” y quizás -el galardón- sea para “algunos que ya no están”. Esos “muchos” que empiezan por la A de Alcántara y por la G de Gistau. En una larga nómina donde no se puede olvidar a quienes en este mundo han encarnado a Germán Areta.

Garci, aparte los cielos astures, es Madrid a la enésima potencia. Ahí están sus recuerdos, impresos o filmados o echados al aire entre contertulios envueltos en humo, de una ciudad que le dio todo porque él se ha ido vaciando en ella. Los cines de su Narváez, o desaparecidos o reconvertidos en algo prefabricado, un yerro dónde ha caído la cinematografía y no Garci, capaz de que el espectador se emocione con imágenes de archivo de aquel ‘scalextric’ de Atocha, los billares de Callao y todo ese Madrid desaparecido de las butacas que olía a zotal.

Se va endo que la tesis de este artículo es el Madrid de Garci, el Madrid, también, del Campo del Gas, en los cincuenta, cuando la Capital tenía ese “calor peculiar” de entonces. Luego aparece el Garci paseante por El Retiro, el elegante diletante (perdónese la rima) que habla de fútbol con la misma o más pasión que de Raymond Chandler. Y por último, claro, hay que consignar esas amistades que ha ido cultivando a lo largo de los años. Aquel empleado del Banco Ibérico que empezó soñando y escribiendo con planetas extraños; a seria forma de evasion de la grisura de aquel tiempo.

Más allá está el Garci que uno ha tratado en esos cumpleaños pantagruelicos de su “hermano” Manuel Alcántara en Málaga. Cuando el director sacóba lo que de escritor en periódicos hay en él, y el fogonazo del magnesio de la cámara digital registró para la posteridad el abrazo con Manolo y Gistau y todos los chicos de la prensa, a la que desde ‘Solos en la madrugada ‘, o antes, pensé que hacian del contar él una de las Bellas Artes. Súmese el Garci que es narrator, memorialista, cronista, y que además tiene un Óscar y un Cavia en tanto que le falta un gol en Sudáfrica o acabar de amarillo en los Campos Elíseos de Madrid.

Madrid se ha conquistado desde fuera, Garci lo ha hecho desde dentro. Como recordaba Miguel Delibes, en José Luis está plenamente vigente eso que aconsejaba al escritor para cualquier narrativa: “un hombre, un paisaje y una pasión”. Es José Luis Garci, es Madrid, desde los primeros chalets en la Sierra a los billares de Callao, y es una pasión: el cine. El cine tamizado por Madrid or Madrid tamizado por la obra de un creador total al que hoy homenajean con la medalla de la Comunidad de Madrid.

La justicia, poética en este caso, hace que a Garci podamos llamarlo “Excelencia” de hoy y de aquí a la eternidad.

Y por decreto.