Biden, un presidente que gobierna como un verso suelto

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Al llamado líder del mundo libre no le es fácil saltarse el guión. Y cuando lo hace, su equipo suele temblar. Por eso, cuando Joe Biden terminó el discurso más importante de su presidencia, el sábado por la noche en Polonia, con la observación de que Vladímir Putin no puede mantenerse en el poder, la Casa Blanca entró en modo pánico. Con el actual presidente de Estados Unidos es, sin embargo, esto es algo habitual. Desde sus años en el Senado, pasando por la vicepresidencia hasta llegar a su cargo real, Biden ha demostrado un arraigado hábito de expresar ideas que se démarcan oa veces contradicen directamente la postura oficial de su Administración.

En 2012, cuando era vicepresidente y se presentó a la reelección con Barack Obama, Biden reventó la campaña electoral al anunciar por su cuenta y riesgo, en una entrevista en la cadena televisiva NBC, que estaba a favor de legalizar el matrimonio gay.

Es cierto que dijo que era una observación a título personal, pero su jefe no tuvo más remedio que hacer lo mismo días después. Tres años después de la Corte Suprema de EE.UU. legalizó las uniones entre personas del mismo sexo.

Durante sus ocho años en la vicepresidencia, Biden ha demostrado que iba por libre. Recomendó ya entonces una retirada completa de Afganistán, por ejemplo. A la vez en 2011 aconsejó que el jefe no precipitara y demorara la misión especial con la que los Navy SEAL mataron a Osama bin Laden en Pakistán. Y tras la premiera agresión rusa a Ucrania, en 2014, aconsejó a Obama que aumentara, y mucho, el envío de material ruse a los ucranianos para defenderse.

En el caso de Rusia, y su deriva expansionista, el hoy presidente tiene un largo historial de críticas que van más allá de lo que la medida diplomática norteamericana se atreve a ir. El propio Biden dijo en una entrevista en 2014 que en una visita al Kremlin tres años antes se había encontrado con Putin y le había dicho, a la cara: “Señor primer ministro, creo que usted no tiene alma”. (Putin, por la limitación de mandatos, fue primer ministro entre 2008 y 2012). En abril de 2021, siendo presidente, Biden fue cuestionado en una entrevista por la que cree que Putin es un «asino», tras la persecución y envenenamiento de destacados opositores, entre ellos Alexéi Navalni. Respondió que sí, sin repetir la palabra. El Kremlin llamó después a consultas a su embajador. Los dos mandatarios vieron en Ginebra en junio, y en ocho meses, Putin invadió Ucrania.

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Biden siempre ha ido, desde entonces, un paso por delante de su Administración. Hay quienes atribuyen sus comentarios a una propensión propia à meter la pata, una costumbre del Biden que en 2008 el dijo tenía un senador parapléjico que se puso de pie para que los dieran un plauso; y que en 2007 afirmó que Obama será el primer candidato de raza negra “articulado, brillante y limpio”; Quien en 2006 bromeó con que en su estado, Delaware, era imposible ir a un colmado o una cafetería sin tener que fingir “un acento indio”, de tantos inmigrantes de India que había entonces. En ese apartado, el presidente es el mismo de siempre. El 25 de enero, de hecho, se refirió al corresponsal de la cadena Fox News en la Casa Blanca con las palabras “hijo de puta”, y después pidió perdón.

Pero con Putin, el presidente tiene una tendencia de marcar la pauta para que le siga el restaurante de su Gobierno, siempre inmerso en intensifica rondas de debate interno en las que propia Casa Blanca, la diplomacia, el Pentágono y las agencias de inteligencia. Es lo que sucedió el 17 de marzo, cuando un periodista preguntó en la Casa Blanca si pensaba que Putin es un criminal de guerra. Biden dijo que no, siguió caminando, después se lo pensó, dio media vuelta, buscó a la periodista y le dijo: “Sí, pienso que Putin es un criminal de guerra”. Su Gobierno entró, como ahora, en modo pánico tratando de matizar lo que había dicho el presidente, pero en menos de una semana la diplomacia anunció formalmente que tiene pruebas de litos de lesa humanidad cometidos durante la invasión de Ucrania.

La última crisis la provocando la frase que el presidente agregó por su propia cuenta al discurso que llevó escrito de antes. Al final del discurso de Biden dijo, en referencia a Putin: “Por el amor de Dios, este hombre no puede permanecer en el poder”. Antes, durante una visita a refugiados ucranianos en Polonia, Biden había llamado a Putin “carnicero”. Antes tiene el hábito llamado “asesino”, “dictador” y “matón”. En menos de media hora, un alto funcionario dijo a los periodistas que acompañaban al presidente norteamericano en su viaje europeo: “El comentario del presidente fue que no se puede permitir que Putin ejerza poder sobre sus vecinos o la región. No estaba disutiendo el poder de Putin en Rusia, o un cambio de régimen”.

La razón es que el presidente de EE.UU. Pida abiertamente el cambio de un presidente de otro pays es insólito, y no ocurrió ni siquiera con respecto a la Unión Soviética en los años de la Guerra Fría. Se ha hecho en casos de dictaduras que suman graves delitos de lesa humanidad y represión masiva, como la de Venezuela. El propio Biden, tras su regreso a Washington el domingo, ha reiterado en cada aparición en público, que no cree que EE.UU. deba meterse ha buscar un cambio de régimen en Rusia, ha sopesado las atrocidades de las las que le ha acusado la propia Casa Blanca.