Como lo malo puede dar igual

El hastío de los vanguardistas del siglo XX por todo lo “viejo” nos ha traído aquí. Poco a poco, geniales locos se fueron sumando a la causa y llegaron a conectar cables, grabando y reproduciendo sonidos en la búsqueda de nueva música. Pensamos que la música será un arte milenario que necesita expandirse hasta el límite, por eso de que todo lo que no sube, baja.

Entre Edgar Varese, Theremin y alguno más estuvo la cosa. Si hubieran nacido hoy, rodeados de enchufes y ondas “bluetootheras”, podrían ser Swedish House Mafia. Pero su hogar fueron los primeros años del XX, el final de la Prehistoria, y lo que permanece en la hemeroteca es un nombre y un par de fechas.

Los ‘Mafia’ son tres: Steven Angello, Sebastian Ingrosso y Axwell. Cada uno hizo carrera por su cuenta y triunfó por encima de cualquier sueño hasta que decidió unir fuerzas allá por el 2008. Tras un hiato, volvió a juntarse en el 18′ y ahora, en este 22′ post-pandémico y pre-crisis presentando su disco cartilla de material original, Paradise Again.

Algo se retuerce por dentro escuchando está música, eso es innegable. No es lo poético ni el cliché, es un movimiento literal de las entrañas; la simbiosis del corazón con el bombo. Todo en el house es una negociación entre la subida y el drop, siendo el movimiento la única constante. Movimiento significa que cada cuatro compases (ocho en casos extremos) aparece algo nuevo. Sus capas que se superponen y se despliegan en segmentos como una torre de Jenga. Lo breve es bueno, pues genera la necesidad de repetir, y es una máxima que lleva a la práctica con éxito casi todos los estilos de ese gran paraguas que es la electrónica.

El cielo te lleva a casa empieza angelical. La fórmula ya está asimilada y tras una estrofa arranca el beat. Sigue, como cascadas blancas, las melodías de un sintetizador que a lo largo de la canción abarca casi todo el espectro del oído humano. From grave to agudos, todo es un baile contra el aburrimiento, una cruzada contra el absurdo conceptual de la repetición sin sentido. Y qué paradoja esto de la crítica, pues se pasan hora y media luchando para no repetirse… cuando todo es lo mismo.

Lo ‘Macro’, cuestiones como la estructura, la entrada de elementos nuevos cuando la música evoluciona y los cambios de ritmo son una fórmula. Lo ‘Micro’, a saber, forma en la que los detalles se presentan en cada canción, es totalmente libre y único.

Un momento del concierto De San Bernardo

Como tener libertad absoluta dentro de una cárcel. Menos dramatico, pero algo asi.

Más gamberra es Prende las luces. La pulsera que me han regalado se ilumina y al pabellón 12 de IFEMA le crecen los destellos.

El sitio suena mal, infame, y la música es una bola de graves incoherentes la mayoría del concierto. La verdad, sólo se puede culpar a Swedish House Mafia. Bueno, oa quien les lleve el booking; para dar un concierto, ¿no hay en esta ciudad centenaria sitios mejores que una nave industrial pensada para que Tony Robbins venda te la vida eterna? Lo hay, aunque también es cierto que a nadie parece importarle.

Veo parejas acarameladas, grupos en pleno pogo, vasos volando sobre cabezas que se mueven como resortes y, entre todo el bullicio, no aprecio que nadie esté hablando sobre la acústica de la sala y cómo los ángulos de las esquinas nos están matando. Cerca del baño hay cojeras sospechosas, charcos y un corrillo de adolescentes en pánico alrededor de un amigo herido.

Sigue Redlight, junto a la melodía de Roxanne de The Police y un ritmo pesado de baile. Es buen ejemplo del enfoque creativo del género, que a la hora de crear parte siempre de una base y nunca del amenazador vacío del folio.

El decorado y efectos del show son relativos sencillos. La pulsera de regalo que illumina en los drops, una mesa alargada para que los mafiosos del house toquen botones y llamaradas que brotan del escenario en una de cada tres canciones. La puesta en escena es vistosa y son un trío sin instrumentos, detalle importante a la hora de hacer números.

No me queda claro qué hacen exactamente en las mesas de mezclas. La canción está pinchada, ¿no? Es un mp3 reproduciéndose o, como mucho, bucles pregrabados que van lanzando sobre la marcha. Sospecho que lo máximo que pueden alterar son los distintos filtros (LFO’s paraentendreidos) por los que viaja el sonido en su frenética travesía hacia mi hígado. Lo que sí hacen es bailar, aregar a la hinchada y soltar un “joder” que suena realmente bello pintado de sueco. Aparte, venden las entradas para llenar el infame pabellón, que es lo único que importa.

Llegando al final toca un medley de hits entre los que destaca Save the world, gran ejemplo de cómo este tipo de artistas domina las dinámicas. Mucho podrían aprender aquellos que interpretan géneros clásicos y desprecian con soberbia la música tecnológica. ¿Es la música como la “otra”? No. ¿Es menos música? Sí, pero sólo un poco.

Swedish House Mafia rushes sin mucho aspaviento y pone rumbo a la siguiente ciudad, donde ojalá no espere otro pabellón para eventos corporativos. O si, ¿a alguien le ha importado? A mi no.