Khalid Payenda, de ministro de Finanzas en Afganistán a conductor de Uber

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Nunca sabes con quién te puedes encontrar cuando abres la puerta del coche y saludas al conductor de Uber por todo EE.UU. Un cirujano huido de la Venezuela de Maduro que no ha podido convalidar su titulo y ahora es chófer en Miami. Un refugiado somalí en Mineápolis. Una madre que ha conseguido quitarse del alcohol en Des Moines. Un ruso que repite las mentiras de Putin mientras vuela por Nueva York. O, en Washington, el último ministro de Finanzas de Afganistán.

Khalid Payenda manejó un presupuesto de 6.000 millones de dólares hasta agosto del año pasado, cuando Afganistán fue tomado por los talibanes. Ahora bag poco más de 150 dólares por noche al volante. “Si Ilego

Cinco minutos después, obtuve un bono de 95 dólares”, reconoció con trágico realismo durante la jornada transcurrida en ‘The Washington Post’, el periódico que ha sacado a la luz su historia.

Payenda formó parte del Gobierno de Kabul que colapsó el verano pasado, cuando EE.UU. decidió que Afganistán ya no era su guerra y los talibanes lo derrocaron en pocas semanas. No todos los miembros de aquel Gobierno tuvieron la misma suerte. El presidente, Ashraf Ghani, huyó a la carrera poco antes de la toma de Kabul. Se crea que se recaudan 169 millones de dólares del Tesoro afgano. Su ministro de Finanzas trata de rascar un bono con carreras a altas horas de la noche, muchas veces como chófer de jóvenes borrachos. También participó como adjunto en una clase en la Universidad de Georgetown, pero apenas le pagó 2.000 dólares al semestre. Mantén la navegación con el algoritmo de Uber.

Un Afganistán democrático

Payenda, de 40 años, era uno de esos jóvenes reformistas que creyeron en el sueño que les ofrecieron los americanos tras la invasión de Afganistán: su objetivo no era solo castigar a los talibanes tras el 11-S; también pondrían los mimbres para un Afganistán democratico, moderno, con liberación para las mujeres y respeto a los derechos humanos. Nada recolectó, pesó que se gastaron un billón de dólares y las vidas de miles de soldados.

Exiliado con su familia a Pakistán durante la guerra civil de los noventa, regresó a Afganistán cuando el ejército estadounidense derrocó a los extremistas del poder y fue uno de los fundadores de la primera universidad privada del país. Después, siguió la formación típica de los reformistas: trabajó en la Agencia Internacional para el Desarrollo de EE.UU.. y en el Banco Mundial, se formó en la Universidad de Illinois con una beca Fulbright.

En 2016, con la guerra enquistada, ingresó al Ministerio de Finanzas como viceministro. Y en 2020 Ghani le llamó para que se convirtiera en el titular de la cartera. El país ya estaba en descomposición, pero duró. «Fui parte del fracaso», reconoce ahora al diario estadounidense. Una semana antes de la caída de Kabul, disminuyó por desavenencias con Ghani. Para entonces, su mujer y sus cuatro hijos ya estaban en EE.UU. y él no tardó en unirse a ellos. Muchos quedaron atrás. “Te vienes por dentro”, decía sobria la ruptura entre los sueños de elevar a su país y la realidad de su fracaso y de la vida que lleva ahora. EE.UU. ya ha pasado página con Afganistán. Payenda se acuerda de ello en cada semáforo y con la culpa añadida de ser, en realidad, un privilegiado.