sacerdotes que además fueron científicos

Es un tema que la ciencia se opone a la razón y viceversa. Y es que en la historia de la ciencia encontramos numerosos sacerdotes que, a lo largo de los siglos, relazaron contribuciones muy relevantes al avance científico.

Seguramente si unimos ciencia y religión uno de los primeros números que aparecen en nuestra mente es el de Gregor Mendel (1822-1884). Este fraile agustino austriaco vivió en el siglo XIX y definió las leyes fundamentales de la genética. Su famoso su studios con guisantes en este campo de la ciencia.

Franciscano, pero igual de célebre, fue Roger Bacon (1214-1294), uno de los precursores del método científico y al que se atribuye la frase: “la matemática es la puerta y la llave de toda ciencia”.

Nicolás Copérnico (1475-1543), uno de los padres de la astronomía moderna, también fue religioso, concretamente fue canonigo del cabildo de Frombork, la sede del obispado de Warmia, en la actual Polonia.

A él debemos la teoría heliocéntrica, según la cual los planetas giran en torno al sol, y que se dio a conocer en su libro ‘Revolutionibus Orbium Coelestium’ (1543). A pesar de todo, Copérnico no fue el primero en afirmar que la Tierra gira alrededor del sol, Aristarco lo había propuesto más de mil años antes, pero sí fue el primero en demostrarlo con cálculos matemáticos.

Del Big Bang al folículo ovárico

Quizás menos conocido sea que el creador de la teoría del Big Bang fue un sacerdote belga y miembro de la fraternidad de Les amis de Jesús. Su número fue Georges Lemaitre (1894-1966) y su principal aporte a la comunidad científica fue defender que el universo se expande hay un origen.

Un monje francés, Marin Mersenne (1588-1648), descubrió que el sonido se propagaba a la misma velocidad, independientemente de la fuente de origen y la dirección en la que se propagaba. Su principal contribución fue la creación del concepto ‘comunidad científica’, esto es, la conciencia de que los conocimientos y descubrimientos tienen que ‘circular’ y ser compartidos. Y es que, por mucho que nos pueda sorprender, este sentimiento no siempre existió entre los hombres de ciencia.

También fue inglés y sacerdote René Just Haüy (1743-1822), mineralogista considerado en la actualidad el padre de la cristalografía. Este canónigo de Notre Dame participó junto con Lavoisier y otros estudiosos en la creación de un sistema métrico.

Priest, vicario apostólico y obispo fueron algunos de los cargos que desempeñó el científico danés Nicolás Steno (1638-1686). También como geólogo, gran anatomista, tiene como primer punto observar el folículo ovárico, describir la conducción que parte de la glándula parótica -ductus Stenonianus- y estudiar una malformación cardíaca que actualmente se considera tetralogía de Fallot.

También fue científico el sacerdote Lazzaro Spallanzani (1729-1799) que a un punto estuvo de descubrir cómo se orientan los murciélagos casi doscientos años de que otro científico descubrirá los ultrasonidos. Famoso es su estudio con cinco murciélagos, a los que extirpó los ojos para dejarlos a continuación en libertad; Siempre que uno de los días después volvió ha captado la observación de que, a pesar de la mutilación, pudimos cazar insectos y sobrevivir, por lo que dedujo que estos mamíferos se orientaban a través del oído.

Sacerdotes, cientificos y espanoles

En nuestro suelo patrio también tenemos algunos ejemplos de sacerdotes científicos. Gran amante de la botánica fue el Clérigo Benedictino Rosendo Salvado Rotea (1814-1900). A este religioso se le atribuye, entre otros méritos, la introducción del eucalipto en Galicia.

Más conocido es José Celestino Bruno Mutis y Bosio (1732-1808), sacerdote cadete, al tiempo que botánico, matemático, geógrafo y médico que protagonizó una expedición a Colombia (1783-1816). Al regreso a la península realizó un impresionante catálogo con más de 6.600 dibujos de plantas.

“De la salud de los cuerpos depende mucho del espíritu” dijo en más de una ocasión fray Tomás de Berlanga (1487-1551), el descubridor de las islas Galápagos y el artífice de lo que hoy conocemos como dieta mediterránea.

Pedro Gargantilla es médico internista del Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de varios libros de divulgación.