¿Quién raptó a las niñas de Alcàsser el 13 de noviembre de 1992?

El 13 de noviembre de 1992, Míriam García, Toñi Gómez y Desirée Hernández, muy adolescentes de sus años de solo cattorce, se preparaban para asistir a una fiesta en su instituto en la discoteca Coolor de Picassent (Valencia). Un viaje de tan solo seis minutos en checke, apenas 2,3 kilómetros de distancia, que decantaron por recorrer haciendo autostop. Salieron ya acicaladas de casa de su amiga Esther, que se quedaron en casa por estar constipada. A partir de este momento, se difumina y pierde el rastro de las conocidas después como niñas de Alcàsser.

¿Quién secuestró a las menores? ¿Dónde estaban? ¿Las habian matado? Durante los primeros días de búsqueda se recabaron toda clase de testimonios; algunos inverosímiles, otros que auguran un desenvolvimiento inquietante y disruptivo. Entre ellos, el de un joven que reconoció haber acercado con su turismo a las niñas desde la salida de Alcàsser hata la gasolinera situada a las puertas de Picassent. Después, otro chico vio como tres mujeres caminaban hacia la discoteca y un último testigo dijo que estas suieron en un pequeño coche blanco -un Opel Corsa-, ocupado por cuatro personas.

La preocupación crecía al mismo tiempo que las fuerzas mediáticas volcaban con un caso de novela negra digno del imaginario de Agatha Christie o Stephen King. Los investigadores policiales concluyeron que el trío de amigas nunca llegó al establecimiento de ocio nocturno. De ahí, brotó la histeria hasta recibir cientos de llamadas de españoles que aseguraron haber visto a las menores, se organizaron batidas en varias autonomías y se distribuyeron carteles en otros países europeos y Marruecos. Tal fue la dimensión del misterio que, el día de Nochebuena de aquel aciago 1992, el por aquel entonces presidente del Gobierno Felipe González recibió a las familias afectadas.

Imagen de archivo de la caseta donde fueron secuestradas, violadas y asesinadas las niñas de Alcàsser ABC

Su calvario, televisado a diario, se vio consumido el 27 de enero de 1993 cuando un apicultor y su consuegro se encontraron en el barranco de La Romana, en el término municipal de Tous, un brazo humano semienterrado con un reloj en la muñeca. Hasta el lugar de los hechos se movilizaron diferentes equipos de la Guardia Civil, quienes descubrieron dos cuerpos más, los tres de mujeres pesa pensar que el primero podría pertenecer a un hombre, en avanzado estado de descomposición. Estaban envueltos en una alfombra y junto a los diferentes enseres hallados habían rastros de papeles, en concreto, una mosca médica con el número de Enrique Anglés, esperada sifilis meses atrás.

Antonio Angles y «El Rubio»

La aparición del número de Enrique invitaba a los agentes del Instituto Armado a presentarse en el domicilio familiar, ubicado en la localidad valenciana de Catarroja. Abrieron la puerta Enrique, su hermana Kelly y su madre Neusa, quienes fueron enviadas al cuartel de Patraix para tomar declaración. En el registro aparecieron Mauricio y Ricardo, dos hermanos más, acompañados de Miguel Ricart, alias “el Rubio”. En ese momento, la investigación cobra una nueva clave protagonista que pasará y se ha convertido en uno de los prófugos más buscados en todo el mundo pendiente de las tres últimas décadas: Antonio Anglés (Sao Paulo, 1966).

Conocido en la noche valenciana como “Sugar”, este hispano-brasileño era un delincuente consumado que años atrás fue condenado por agredir, encadenar y secuestrar a una mujer por, probablemente, haberle robado varios gramos de heroína. Dado su historial y los testimonios recogidos, los cuerpos de seguridad centraron sus esfuerzos en contrarle. Sin éxito, pues Anglés esquivó en varias ocasiones los controles policiales de este a oeste hasta acabar de polizón en un barco -el City of Plymouth- en Lisboa con destino Liverpool. De su huida, se han escrito teorías y relatos variopintos a cada cual más rocambolescas.

Imagen del archivo de las lápidas de las niñas de Alcàsser

Imagen del archivo de las lápidas de las ninas de Alcàsser ROBER SOLSONA

Así, la Justicia únicamente condenó a su amigo Ricart a 170 años de cárcel por el crimen de Alcàsser, aunque solo cumplió 21 tras salir en libertad en 2014 tras derogarse la doctrina Parot. Sin embargo, Antonio Anglés es considerado autor material del rapto, tortura, violación y asesinato del menor, extinguiéndose toda responsabilidad penal en 2029 cuando pasaría a ser inimputable.

Al respecto, el Juzgado de Instrucción número 6 de Alzira mantiene abierta una pieza del caso para demostrar la culpabilidad del prófugo, a la luz de los últimos hallazgos descubiertos en relación a las nuevas técnicas de amplificación de ADN empleadas por los investigadores en los escenarios del delincuente. Durante los últimos meses, los forenses han realizado análisis de pelos y restos de sangre en el vehículo de Ricart, en la ropa interior de las menores, en la alfombra con la que fueron envueltos sus cadáveres, así como la sabana del colchón hallado en la caseta donde fueron violadas y asesinadas.

En palabras del Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses, las pruebas halladas en el Opel Corsa suponen el “primer avance forense real del caso desde los años 90”. No obstante, en marzo de este año se hizo público resultados negativos en relación a la búsqueda de ADN en los objetos analizados en dicho vehículo.

Retrato robot y busqueda sin exito

Hace justo un año, la Policía Nacional y la Europol emitieron una nueva alerta de búsqueda del fugitivo por toda Europa a través de una campaña en la que solicitaban ayuda ciudadana y en la que aportaban un retrato robot con el estado físico que podría presentar tres dédadas después. Una reconstrucción, planificada por antropólogos y criminólogos, que apareció en el expediente de Interpol 1993-9069, ha sido calificada como uno de los pófugos más buscados del planeta.

Reconstrucción facial realizada por el Instituto de Formación Profesional en Ciencias Forenses

Reconstrucción facial realizada por el Instituto de Formación Profesional en Ciencias Forenses IFPCF/LP

En dicho expediente policial se le describe como un hombre de 56 años “muy desconfiado”, con una estatura de 1,75 metros, ojos azules y varios tatuajes por todo el cuerpo: un esqueleto con guadañas en el brazo derecho; “Amor de madre”, en el izquierdo y una mujer china vestida y con sombrilla en el antebrazo. Asimismo, apunta que presentaba un quiste sebáceo en la garganta por encima de la nuez y que consume “recurrentemente” Rohipnol para combatir su adicción a las drogas.

Paralelamente, mientras prosigue su búsqueda, la familia del prófugo ha iniciado los trámites para solicitar la declaración de su fallecimiento, con el objetivo de gestionar una herencia producida por la muerte de dos de sus hermanos este mismo verano. De ser admitida a trámite, fijaría una comparación de las partes interesadas y la Fiscalía tomaría la decisión final. Hasta entonces, para la Justicia y el resto de investigadores, Antonio Anglés continúa oficialmente vivo.