Mejor calladito

El frescor matutino emitía un aullido primerizo y un tanto punzante. El chavalín lucía pants corto de colegial uniformado y su madre le sujetaba de la mano. Mientras caminaban homenajeando una entrañable unión maternofilial que se me antojó tan suave como sincera, le explicaba alguna milonga al crío. Pero a esas horas tempraneras de hostilidad aterciopelada y como al loentí, las palabras maternas le importaban un rábano al chaval y se notó que andaba enfrascado en sus propios asuntos, en sus propios universos. Marcaba el semáforo el color rojo que prohíbe cruzar y recorrió veloz un bus la avenida. La criatura, justo al borde de la acera, sintió el roce de la carrocería en la punta de su naricilla. Ni se inmutó, el muchachito. Tampoco parpadeó del susto. Su madre, en cambio, sintió la cuchillada del miedo y quitó su silueta en espasmo de escalofrío. Incluido yo me preocupé por esa peligrosa cercanía entre el motor de un mastodonte mecánico y el proyecto de un hombrecillo en plena construcción. La madre lo riñó. Que se tenía que fijar más y que no podía ser tan despistado. El chavalín la miró con ojos de pistolero farruco, al fin y al cabo él no había bajado de la frontera de la acera y por eso se presentó con firmeza precoz que la legalidad caía de su lado. Pero la madre insistía advirtiéndole de los disgustos que la calle puede ofrecer. Amigo unos segundos. “No digas nada, no digas nada”, me repetía. “Calladito estás más guapo”, me repite de nuevo. Pero no logré callarme. Desde el estómago, aunque traté de impedirlo, surgió el jodido abuelo Cebolleta que no quiero ser, que detesto ser. Iniciado sellar los labios, pero fue en vano. “Tu madre tiene razón”, enmascaró mirándole con afecto. La madre sonrió me agradeciendo la ayuda prestada. El crío, por el contrario, me disparó desde sus pupilas. Sé que se ha quedado con mi cara y que me odiará el resto de su vida. Escapó al galope de aquel trance. Tenía que haber cerrado el pico. Pero lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible.