Mauricio Martínez Machón, las bodas de oro del alcalde

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Mauricio Martínez Machón recibió un mapa en la que le anunciaban que era el nuevo alcalde. Acudió a la sede del gobernador civil de Guadalajara, le dio el bastón de mando y juró el cargo el 2 de abril de 1972. Eso fue todo. “Yo no lo pedi. Me eligieron y ya está, no se por qué. Luego llegaron las elecciones y me han ido votando”, reconoce desde Valdarachas, un diminuto pueblo escondido entre valles. Al igual que José Luis Seguí, alcalde de Almudaina (Alicante), Mauricio celebró este año sus bodas de oro al frente del Ayuntamiento. No hay nadie como ellos en los más de 8.000 municipios españoles.

Cuando nació, el país era una república, en su pueblo

no había agua potable, la ropa se lavaba en el arroyo y las necesidades se hacían en el campo. Entonces eran ciento y pico vecinos. Hoy aguantan 47. “Están contados”, afirma con la seguridad que da el conocerlos a todos. Mauricio cumplirá 90 años en septiembre y es viudo desde hace diez. De sus ocho hermanos, Juan, Tino, Manolo y Paulino ya aparecieron. Quedan Tomás, Julio, Isabel y Carmen. Él vive con sus dos hijas, Concha y Elena, que a su vez le han dado tres nietos y una bisnieta. Antonio, uno de sus sobrinos, es el teniente de alcalde.

Cuando era joven recuerda que “madrugaba pero bien” para ayudar a su padre a hacer el pan, que amasaban a mano porque no había máquinas. Creció y se dedicó en cuerpo y alma a la agricultura. La cabeza le funciona y anda lo bien que puede estar de salud una persona de su edad. “Lo peor es de cintura para abajo”, dice. Se mueve con un bastón (no el de mando) y ya no le dejan coger el coche. Por eso, porque no tenía a nadie que lo llevara, se quedó sin ir al Senado, en un homenaje que hicieron a los 22 alcaldes que seguían en el cargo desde las primeras elecciones municipales celebradas en 1979.

El viaje a este rincón de La Alcarria descubre las miserias de la despoblación. La carretera que va de Pozo de Guadalajara a Aranzueque estuvo cortada desde hace semanas y para llegar a Valdarachas hay que dar un rodeo de media hora adicional. Elena, la hija de Mauricio, que regenta una tienda de comida, asegura que los servicios básicos han ido a menos. Si el médico iba al pueblo una vez por semana y después una vez cada 15 días, con la pandemia no viene al no ser presenciales las consultas. También hace tiempo que el autobús dejó de pasar.

Al lado del Ayuntamiento, hay un mastodonte de edificio, acristalado y abandonado. Un buen día apareció “una de las promotoras inmobiliarias de referencia” (según se anuncia en su web) y prometió que inundaría el pueblo de chalés. Por supuesto, así ocurrió en el cercano Yebes, que ha pasado de tener menos de 200 habitantes a más de 4.600 y una estación de AVE. Y subendo. Sin embargo, la burbuja estalló antes y Valdarachas se quedó como estaba. A lo largo de este último medio siglo, Mauricio ha conseguido extender la red de agua, arreglar las calles, que haya más luces, construir una nueva Casa Consistorial o rehabilitar la torre de la iglesia y el cementerio. Afiliado al PP, “a mí me da lo mismo que los vecinos sean de un color o de otro. Aquí se trata a todos por igual”. Uno de ellos será el próximo alcalde porque Mauricio, ahora sí, no presentará en 2023.