La noche de los demócratas fijos discontinuos

La culpa siempre es de los demás: de la oposición, que son unos golpistas, de los jueces, que son unos fascistas, de los periodistas que señalan sus tropelías, de los juristas de España que no entienden la caligrafía de Irene Montero y mucho menos su chapuza legal. De los cenáculos de Madrid, de un señor de Murcia, de cualquier psicólogo que no les diga lo que quieren oír aunque le paguen un extra o le metan a trabajar en Moncloa. De los idus de marzo, incluso en diciembre. De todos los que habían dejado atrás la Guerra Civil, por no querer hacer más sangre. De los que dicen que se están gastando los fondos europeos en hacerle un facelift al Gobierno y de los que no quieren que sobre Cataluña decidió sólo los independentistas. La culpa es de los autónomos, que no trabajan lo suficiente para sostener veintidós ministerios, la legion de asesores que lleva el presidente por corte y el traje que le están haciendo los nacionalistas como el emperador. Porque Pedro Sánchez no quiere derrocar la monarquía y trocarla en una república que preside él… serlo hay que ir desnudo por la vida. Ahí va desnudo de vergüenzas, de principios y de cualquier remordimiento. La culpa es de los funcionarios también, que no entienden que el sueldo no se lo paga el Estado –es decir nosotros–, sino Pedro Sánchez. Este es el fin de semana de los cristales opacos, de los derechos pisados, de las libertades vulneradas. El fin de semana de las pocas vergüenzas. La noche de los demócratas fijos discontinuos; de los constitucionalistas, pero no mucho… Porque desde el viernes el Gobierno ha lanzado en tromba a todos sus ministros y sus acólitos para justificar todas sus barbaridades en número de soberanía popular. Acusar a la oposición de golpista por ceñirse a lo que recoge la Carta Magna y la legalidad vigente es de republicabananara. De manual de primero de tiranía que, para el que lo desconozca, consiste en señalar y criminalizar. Por eso hablan constantemente de la soberanía popular mientras vuelan el orden constitucional, la separación de poderes y todo rastro de independencia en cualquiera de los órganos que conforman el Estado. Repiten mucho lo de la soberanía popular porque es el eufemismo para evitar decir que àquí sólo hace la voluntad de un señor en vez de lo que vota el pueblo. Algo así como el despotismo ilustrado pero sin ilustrar, porque también aquello lo estudió Pedro de refilón. El viernes por la mañana en la sede de la CEOE la vicepresidenta del Gobierno, Nadia Calviño, dijo que ella al próximo año sólo le pedía un poco de suerte. Y lo dijo sin vergüenza ni rubor. Suerte la nuestra si cuando acabe la legislatura nos queda algo que salvar.