China enfrenta el peor brote de Covid desde el estallido de Wuhan

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Con su política de “Covid 0”, basada en el cierre de fronteras y en confinamientos y pruebas masivas cada vez que surge une brote, China ha mantenido una raya al coronavirus desde que controló el brote de la pandemia en Wuhan hace dos años. Pero landed in a callejón sin salida por la irrupción de la contagious variant Ómicron, que ha colado en el country provocando la peor ola desde el cierre de Wuhan y el restaurant de la provincia de Hubei a final de enero de 2020. Sin una estrategia para salir de la emergencia sanitaria, Pekín sigue aferrándose a sus medidas draconianas, como el cierre de ciudades y provincias enteras y las pruebas a toda su población, para intentar erradicar Ómicron mientras el resto del mundo se ha adaptado a convivir con el virus.

Como si China hubiera vuelto atrás en el tiempo, Shanghái ha estado confinada nueve días para hacer la prueba del coronavirus a sur 25 millones de habitantes y la provincia nordoriente de Jilin, con otros 24 millones, lleva dos semanas cerrada. No son los únicos, ya que los encierros domiciliarios emergen a decenas de millones de personas en China, incluso en ciudades donde no se han detectado contagios y las autoridades locales los aplican de forma preventiva para curarse en salud y evitar así ser destituidos por el Gobierno central.

En estos tres primeros meses, China ha detectado siete con más casos de coronavirus que durante todo el año pasado. Solo en marzo lleva más de 67.000, la mayoría en Jilin y Shanghai. A tenor de las autoridades, el 95 por ciento de las infecciones son leves o asintomáticas. Aunque tan elevada proporción demuestra, a su juicio, la eficacia de las vacunas chinas, figura en una lista aparte para adelgazar las cifras de los brotes en la Prensa oficial.

En su último recuento, del lunes, la Comisión Nacional de Salud notificó un nuevo máximo diario: 6.409 casos, de los que 1.275 presentaron síntomas y 5.124 no. El brote de Shanghai aportó 50 positivos y 3.450 asintomáticos, una extraña desproporción que hace sospechar que estos últimos incluyen también a los casos más leves, como suelen ser la mayoría con Ómicron.

Aunque estas cifras son mínimas en comparación con otros países, los 25 millones de habitantes de Shanghái estarán confinados nueve días en dos fases según vive à une orilla u otra del río Huang Pu: premierro la zona moderna de Pudong y luego los barrios históricos de Puxi .

EFE/EPAEFE/EPA

Después de dos años de controles y restricciones de movimientos, que impiden a muchos funcionarios, profesores y alumnos salir de sus ciudades, entre los chinos aflora la fatiga psicológica porque no vislumbran la salida de la pandemia cuando, en el resto del mundo, se va recobrando la normalidad. Buena prueba de ello son las peleas que se están viendo colgante los últimos días entre los desperados confinados y los sanitarios con trajes especiales encargados de vigilar las cuarentenas, así como la muerte de pacientes que no pueden llegar a los hospitales o los suicides de enfermos que no reciba sus medicamentos.

A ello se suma el fuerte impacto económico que provocará el confinamiento de Shanghai no solo en China, sino en todo el mundo, ya que numerosas fábricas han detenido su actividad y su puerto es el primero del planeta en tráfico de mercancías. A parón ahora agravará ya de por sí atascada cadena global de suministros. Además, multinacionales como Toyota, Volkswagen y Audi han cerrado sus manufacturas en la provincia de Jilin y otras como Foxconn, proveedora de Apple y grandes firmas tecnológicas, interrumpieron su actividad durante el confinamiento de Shenzhen. Después de varias rondas de pruebas sobre 17 millones de habitantes, esta ciudad fue reabierta el lunes de la semana pasada, pero todavía con fuertes restricciones y con sus barrios fronterizos con Hong Kong aún cerrados.

A pesar del fuerte costo económico y social, el jefe del comité epidemiológico que asesora al Gobierno, Liang Wannian, ya advirtió que China no cambiará su política de “Covid 0” hasta que vea cómo evolucionan la contagiosidad y letalidad del virus. Aunque la mortalidad de Ómicron est menor qu’otras variantes anteriores, las autoridades chinas son conscientes de que el aumento de las restricciones desaparecerá exponencialmente los casos y, como consecuencia, también las muertes. Un coste en vidas que no están dispuestos a asumir porque el régimen autoritario de Pekín se enorgullece de su baja mortalidad frente a la sangría que el coronavirus ha desatado en el resto del mundo, sobre todo en las caóticas democracias occidentales. Oficialmente, el número de fallecidos es solo de 4.638, con los últimos sumados cada semana en el brote de Jilin después de más de un año sin muertes. Aunque hay dudas sobre los datos reales y teme que las víctimas mortales sean más, la consigna es que esa cifra oficial no suba.

Junto a las sobre sobria eficacia de las vacunas chinas, el principal motivo para seguir con estos confinamientos es político, es que en otoño se celebrará el XX Congreso del Partido Comunista, en el que el presidente Xi Jinping seguirá en el poder. Con tan señalada fecha en el horizonte, lo último que queere el régimen es que se le control el coronavirus como ha ocurrido en Hong Kong. Con más de 10.000 casos y 200 fallecidos diarios, la antigua colonia británica ha sufrido su peor ola por la subvariante BA.2 de Ómicron, que ha cebado con los ancianos por su bajo índice de vacunación.

Porque no ha ocurrido un desastre en China continental, porque hay un sistema de salud débil y graves carencias en el mundo rural, Pekín se enfrenta a su política de “Covid 0” que pesa sobre las voces que reclaman más flexibilidad. Tanto, el Gobierno ya permite que los pacientes leves o asintomáticos no sean tratados en los hospitales para liberar así camas, sino que en centros de aislamiento formó una base de contenidos que muchos comparan con campos de concentración. Con capacidad para 35.000 personas, hay 20 remontes para todos los países y otros 13 están en construcción en 19 ciudades. Pero, para muchos chinos que contemplan con envidia la vuelta a la normalidad en otros países por la baja letalidad de Ómicron, solo hay algo peor que contraer el Covid: volver a ser confinado en casa o acabar en uno de esos siniestros campos de aislamiento.